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16 de noviembre de 2016

Recuento de una Vida





BREVE RECUENTO DE UNA VIDA
[Separé esta entrada de otra y la amplié]


Los Antecedentes


Nací en Managua, Nicaragua en febrero de 1952. Mi padre, nicaragüense, fue un prominente abogado y notario público, particularmente en materia mercantil y corporativa. Se graduó con honores en L.S.U., Baton Rouge, Luisiana, como dicho en otra entrada, y además estudió intensamente el inglés, de tal manera que lo hablaba y lo escribía de manera impecable. Tuvo inclinación no solo por los idiomas, sino que también por la historia, la geografía, la astronomía, la naturaleza, los caballos, los viajes al exterior, la lectura, el buen vino, el vodka, el Johnnie Walker negro y el Jack Daniels. Falleció en 1993 después de tres años de padecer un terrible cáncer. Fue imposible que pudiese sobrevivir por la magnitud y malignidad de la enfermedad a pesar de la asistencia médica que tuvo. Se fue poco a poco. Lo viví.

Mi padre tuvo la satisfacción adicional de haberse bachillerado con máximos honores en el Colegio Centroamérica de Granada donde hizo amistades que le duraron toda su vida, las que cultivó y le dieron muchos frutos personales y profesionales por sus propias capacidades e integridad.

Mi madre es estadounidense, de Nueva York, de padre irlandés-americano descendiente de inmigrantes, y de madre nicaragüense de León. Es austera y siempre honesta, igual que mi padre quien fue incorruptible. Ellos hablaban inglés entre sí en la casa cuando no deseaban que los hijos supiésemos lo que decían, por lo que desde niño lo comencé a entender hasta que les dije que buscaran otro idioma para comunicarse. Fue divertido. Ambos rieron. Mi madre vive aún en Managua, a pesar de haber también desarrollado un cáncer que le fue controlado. Ya se pueden imaginar qué me espera en el futuro.

En lo que a mi respecta, estudié en el Colegio La Salle de Managua hasta cuarto grado de primaria y posteriormente en el Colegio Centroamérica, bachillerándome en 1969. En este último colegio me matriculó mi padre cuando la Orden de los Jesuitas abrió en Managua un colegio de primaria, es decir hasta sexto grado. Después fui al internado en Granada, sede principal de los Jesuitas, donde estuve dos años hasta que el colegio cerró y se trasladó de manera definitiva a Managua. 

Tuve una niñez y una adolescencia feliz, con muchos amigos, así como una buena educación y una sólida formación en valores y principios sociales y morales. Incluso desde el tercer año de bachillerato conocí sobre la teología de la liberación puesto que algunos de los jesuitas extranjeros la diseminaban, hasta que el régimen dinástico los expulsó del país por considerarlos subversivos.

Hice mis estudios universitarios, también en Managua, en la Universidad Centroamericana. Estudié en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales por decisión propia como una opción cultural a pesar haber recibido la oferta de una beca para estudiar en la Universidad de Michigan cuando me encontraba allá estudiando inglés después del bachillerato, y a pesar que mi padre me ofreció igualmente estudios en el extranjero. Después me arrepentí por supuesto, en particular por lo de la beca que no aproveché. 

Me gradué por tanto en Managua de Doctor en Derecho en 1975 después de un proceso de evolución ideológica sustantiva debido a los estudios académicos, los personales y los de grupo, de las obras de Marx y Engels —entre otros autores— y debido a las condiciones sociales y políticas del país. Gradualmente me fui alejando de los conceptos religiosos católicos tradicionales en el que me eduqué, y después de un duro y profundo proceso de catarsis me acerqué a la filosofía materialista. Nada extraño en esos años, pero no dejé los valores y principios originales aunque lo religioso me es indiferente desde hace mucho.

En diciembre de 1972 experimenté el terremoto que destruyó la ciudad de Managua, sin pérdidas en la familia, y en ningún momento había pensado ejercer la profesión de abogado después de la graduación, sabiendo de lo anacrónico y corrupto del sistema judicial de la dictadura de Somoza. Tampoco sabía qué quería hacer en el futuro, con la salvedad del interés a corto plazo de viajar al exterior a estudiar un postgrado junto con mi entonces recién esposa Virginia, por lo que acepté con gusto el ofrecimiento de mi padre de estudiar una maestría en derecho en la Universidad de Tulane en Nueva Orleáns, sin pensar en un destino práctico para esos estudios.

Desafortunadamente en el régimen actual de Nicaragua la corrupción, el servilismo y el oportunismo son mayores que en la época de la dictadura de Somoza, lo que incluye al poder judicial; y aunque estoy ejerciendo la profesión, no me relaciono con esas actitudes. Más bien las señalo y las critico abiertamente sin sufrir represalias puesto que no represento un peligro para el régimen.


Los Años en Nueva Orleáns


Sobre estos años ya me referí en la entrada correspondiente. Agrego que después de mis investigaciones para escribir mi tesis para graduarme como Master of Laws conocí y entendí muchísimo sobre la historia de Centro América, particularmente de Nicaragua, y sobre las relaciones internacionales de los Estados Unidos con la región y su injerencia como potencia imperial. Esto último me impactó de tal manera que investigué con mayor intensidad las intervenciones militares de los Estados Unidos en Nicaragua, lo que me llevó a Sandino y a comprender y simpatizar con el sandinismo

Cuando el principal líder cívico de la oposición a la dinastía somocista en Nicaragua fue asesinado en Managua a inicios de 1978, hubo una insurrección popular que capitalizó el FSLN hasta el triunfo militar a mediados de 1979. Y como dicho en la entrada sobre Nueva Orleáns, me integré a la red de solidaridad con el FSLN que se estableció en los Estados Unidos durante la guerra. Nuestro primer hijo Gonzalo había nacido en noviembre de 1978.

Regresé a Managua en el primer vuelo que salió de Nueva Orleáns en agosto de 1979, después de entregar mi tesis. A este punto no pensaba más que hacer mi contribución con lo que venía en Nicaragua, particularmente porque sabía que un buen número de mis compañeros del Colegio Centroamérica estaban involucrados con el FSLN en cargos de responsabilidad, y los consideraba íntegros. Y yo no le temía a un pensamiento y acción que cambiara las cosas en el país, aún si ese pensamiento era de izquierda. Todo lo contrario.

Una vez en Managua presencié el desorden inicial de una sociedad que sale triunfante de una guerra, lo que era más que comprensible, y busqué alguna colocación en el sector público revolucionario que fuera afín a mis estudios, investigaciones e inclinaciones. Después de un año y medio de trabajar en dos instituciones distintas me integré al servicio diplomático en el exterior, ya que descubrí que esa era mi vocación, y me integré por medio de quien fue el coordinador del sur de los Estados Unidos de la red de solidaridad con el FSLN durante la guerra. Él ya estaba en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Cosas de la vida.


En el Servicio Exterior 1981-1988


No imaginé que el nombramiento que se me haría en el servicio exterior sería para representar la joven revolución de Nicaragua ante los Organizaciones de las Naciones Unidas en Roma, Italia, donde me transferí con mi esposa Virginia y nuestro hijo Gonzalo, de dos años de edad. Serví en ese país siete años y medio entre 1981 y 1988 (en 1986 nació en Roma nuestro segundo hijo Mateo).

En los años mencionados, la solidaridad de los países miembros de los organismos internacionales con Nicaragua fue manifiesta en todo momento, con la salvedad de los Estados Unidos y alguno que otro de sus aliados en la región de Centroamérica y de Sudamérica, por aquello del apoyo y financiación de los Estados Unidos a la contrarrevolución, al considerar al gobierno revolucionario de Nicaragua un peligro para la región centroamericana y por ende para la seguridad nacional de los Estados Unidos. La cercanía de Nicaragua a los gobiernos de Cuba, la URSS y demás países del entonces bloque socialista era anatema para los Estados Unidos.

Aun así, en los distintos foros de las organizaciones internacionales en Roma logré aislar la voz discordante de los Estados Unidos y promover y administrar la solidaridad con Nicaragua, no solo de los países miembros, sino que de los directores y personal en general de esas organizaciones. De esta manera Nicaragua logró la canalización de un promedio anual de US$ 25 millones de dólares en cooperación técnica y financiera, la mitad de los cuales se debió a mis  propias gestiones. Esta es una realidad y la expreso sin ufanarme por ello, y en Nicaragua lo sabían las autoridades correspondientes.




Organizaciones de las Naciones Unidas en Roma


Durante mi estadía en Roma viajé a Nicaragua en distintas ocasiones y aprovechaba para visitar proyectos de desarrollo que contribuí a atraer hacia el país, incluso en áreas remotas donde podría haber actividad armada de la contrarrevolución, pero también comencé a realizar que no todos los problemas de Nicaragua se derivaban de la guerra, sino que también de los desaciertos de las decisiones económicas y políticas de los dirigentes del país. Esto provocó un gran descontento en el campo y el enrolamiento de campesinos en las filas de la contrarrevolución. Vi incluso el alto nivel de vida que llevaban en Managua los dirigentes de la revolución frente al deterioro material y la pobreza del país, así como frente a la muerte innecesaria de tantos jóvenes obligados a servir en el ejército.

A mediados de 1985 decidí conscientemente moderar el tono contra los Estados Unidos en mis intervenciones en los foros internacionales, en parte porque ya cansaban por repetitivas; y en las reuniones de los Representantes Permanentes de los países de la región de América Latina y el Caribe me atreví a decir alguna vez que los problemas relacionados con el subdesarrollo en la región se debían tanto a factores exógenos como endógenos. Para esa época ya se vislumbraba el fin de la guerra fría.

Intuyo que esa actitud independiente frente a la propaganda del régimen en Nicaragua se filtró al Ministerio de Relaciones Exteriores, y a mediados de 1988 fui brutalmente despedido y reemplazado sin opción a otra responsabilidad diplomática. La otra interpretación es que alguien en la Cancillería me consideró siervo de un señor feudal distinto del suyo, aunque jamás he sido siervo de nadie.

Me indignó profundamente el modo en que fui separado de mis responsabilidades diplomáticas, particularmente porque un año antes había solicitado por escrito mi reemplazo, y regresé a Nicaragua con mi familia sabiendo que no deseaba continuar formando parte del gobierno.

Lo primero que hice al regresar a Managua fue expresarle al dirigente cuya institución captaba e implementaba la cooperación de las organizaciones en Roma, las razones por las que no acepté trabajar con él. Me dijo que me había hecho el ofrecimiento cuando supo de mí mismo lo del despido, para que no me quedara de disidente en el exterior. No me conocía bien. Yo no soy ese, pero me alejé total y absolutamente de todo aquello que fuese gobierno y partido FSLN.


De Nuevo en el Servicio Exterior 1990-1997

Después de año y medio de mi despido del servicio exterior hubo elecciones libres, transparentes y observadas internacionalmente en Nicaragua, forzadas por los acuerdos de Esquipulas para terminar las guerras en Centroamérica, y en particular la de Nicaragua. El gobierno sandinista sobrestimó sus fuerzas y perdió las elecciones de 1990. No tuvieron alternativa más que dejar el gobierno para que cesara la guerra de la contra, al tiempo que algunos sandinistas se apropiaron personalmente de todo lo que pudieron que fuese del Estado: tierras, casas, empresas, vehículos y demás. Hoy son nuevos ricos, y tienen nombres y apellidos. Lo sabemos en el país y en el exterior.

Presenté por supuesto mi interés en colaborar con el nuevo gobierno en el servicio exterior por la experiencia adquirida en los años anteriores, y porque me identificaba con las personas clave que dirigirían a Nicaragua hacia la paz. Fui de nuevo nombrado Embajador e hice bien mi trabajo. Tengo en mi posesión los reconocimientos que confirman lo dicho. 

En esta ocasión mi destino pasó por una estadía de dos meses en Berlín Oriental a mediados de 1990 como enviado especial a la República Democrática Alemana, para coordinar el regreso a Nicaragua de centenares de nicaragüenses que se encontraban estudiando en ese país en vías de reunificación con la República Federal Alemana. 

Por iniciativa propia ya había presentado en la Cancillería del nuevo gobierno lo que podría desempeñar como representante diplomático desde Viena, Austria, país neutral y con buenas relaciones con los países vecinos por razones  historicas: la entonces Checoslovaquia, Hungría y Polonia, donde también se encontraban centenares de nicaragüenses haciendo estudios en razón de la alianza anterior del gobierno sandinista con el bloque soviético, con la salvedad que éste ya se había desintegrado.

Desde Viena fui por tanto Embajador no Residente ante los países mencionados, incluyendo Bulgaria. Viena es también la sede de una serie de organizaciones especializadas de las Naciones Unidas, y del Fondo de la OPEP para el desarrollo. 

Todo fue aprovechado para asistir al nuevo gobierno de Nicaragua,  que comenzó con la visita al país de Václav Havel al inicio del mandato de la nueva Presidenta, por aquello de las transiciones de los regímenes totalitarios de Europa a los regímenes democráticos. 

Logramos la condonación de la deuda externa de Nicaragua a Austria así como préstamos muy concesionales del Fondo de la OPEP. Aquí un crédito que reivindico es el de haber elaborado un esquema de trabajo diplomático en y desde Viena que había propuesto en la Cancillería en su momento, y que había contado con aval del Director para Europa de esa época, un joven graduado en relaciones internacionales en el exterior. El esquema propuesto fue aprobado por el Canciller puesto que él también entendió los beneficios del mismo para el país.

 A mediados de 1992 fui transferido a Italia como Embajador, concurrente ante Grecia y Chipre, y de nuevo Representante ante los Organismos de las Naciones Unidas en Roma. Estuve en ese maravilloso país con la familia otros seis años.

Para las siguientes elecciones generales en Nicaragua en Octubre de 1996, el Presidente Electo me ofreció continuar en el servicio exterior. Su Ministro de Relaciones Exteriores no, por motivos de presupuesto, y mi nombramiento fue cancelado a mediados de 1997. Aún así me quedé en Roma con la familia a nivel privado hasta mediados de 1998, para que los hijos culminaran su año escolar. Y me retiré de todo lo que significaba esa mi vocación diplomática. Lástima. Soy bueno en eso.

P.S.: Una versión muy breve de lo dicho en esta entrada fue publicada en http://www.laprensa.com.ni/2016/12/19/opinion/2151742-la-evolucion-ideologica